No viajo por viajar desde hace algunos años. No lo hago porque viajar ha perdido para mí el significado. ¿Viajar para qué? ¿Qué quiero descubrir en un mundo hiperconectado y accesible  que Google no me haya contado ya? Viajar ha dejado de tener sentido e irrenunciable atractivo per se. Solo hay un tipo de viaje que no se puede explicar del todo y que, sigue teniendo seducción, envolvencia y misterio. Por mucho que esforzados críticos gastronómicos expliquen a qué sabe un curry en la India, comerlo allí siempre es mejor.  Ese es motivo fundamental para que, desde hace también algún tiempo, mi motivo para viajar resida en un plato, una despensa o un restaurante. Las gastro-escapadas se han convertido la manera que algunos tenemos de explorar el mundo.

Cuando comemos, viajamos. Estaremos de acuerdo en que la comida acompaña la memoria de los lugares que hemos visitado y que es capaz, como ningún otro recuerdo, de vestir de sabores un momento, una tarde, una puesta de sol frente al Cantábrico. Ni la fotografía tiene ese poder.

Si están bien planificadas, las gastro-escapadas, permiten en pocos días aproximarse a la idiosincrasia de un lugar a través de su comida. Los platos, costumbres en torno a la mesa, productos y guisos explican muchas veces más cosas más interesantes de las que tenga que contarnos una guía. Eh aquí, la magia de las gastro-escapadas. Para los que anteponemos a los monumentos y museos el placer de conocer un guiso. También para quienes encontramos un éxtasis primitivo al probar un plato típico en el sur de Irlanda; o para los que nos empaparnos de una región vinícola cerrándonos al recuerdo de nuestros labios acariciando el cristal de una copa mientras se nos pierde la mirada entre los viñedos…. Nuestra manera de viajar es apreciar “el paisaje llevado a la cazuela”. Hagámosle caso a Pla, hagamos la pertinente foto a ese “paisaje”. Despertaremos una vez y otra el recuerdo de cómo sabía ese lugar.